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08/10/2008
ANIMALICOS...

Lo contaban ayer las teles y los periódicos: el 25 por ciento de los mamíferos del planeta están en peligro de extinción. Ahí es nada, uno de cada cuatro animales con capacidad para parir y mamar podría irse al garete pero rápidamente. Cabe aclarar que el hombre no es uno de ellos, lástima. Sí lo son treinta especies de primates, primos hermanos nuestros, focas, el línce íberico y los elefantes africanos. Decían en la 2Noticias que al paso que vamos estos nobles paquidermos dejarían de pasearse por las llanuras africanas antes de que nacieran nuestros nietos.
Siempre me habréis escuchado decir que los elefantes son uno de mis animales favoritos. Y no es porque uno de mis grupos más adorados tengan el mismo nombre, sino porque me parecen una especie sensible y extremadamente inteligente. Para empezar, mandan ellas. Las elefantas son quienes forman las manadas mientras que los machos son animales solitarios que se dedican a buscarse la vida por la sabana sin molestar ni dar guerra. Sólo se juntan con las hembras para procrear y, cuando han dejado su semilla a buen recaudo, se vuelven a marchar y dejan a las chicas a su bola a cargo de los grupos, de la organización y de los pequeños de la familia. Las manadas están formadas por varias hembras, casi siempre emparentadas entre ellas. Siempre hay una, la más mayor, que por vieja y sabia lidera el grupo. Ella conoce los caminos a la perfección y sabe qué rutas han de tomarse para encontrar agua y comida. En su enorme cerebro retiene todas las enseñanzas que, cuando era joven, aprendió de su madre y sus hermanas mayores. Ahora ella tiene que encargase de que nadie en la manada se quede en el camino y muestra a las pequeñas esas rutas, que algún día ellas deberán recordar. Pero en las manadas de elefantas, aunque haya una líder, no hay violencia. Todas cooperan. Todas arriman el hombro para criar a los pequeños y, cuando alguno o alguna está en peligro, enfermo o débil, no lo abandonan: ayudan, le esperan, hacen lo posible porque se recupere y sólo si ven que no tiene remedio, siguen la marcha y lo dejan morir en paz. Porque esa es otra de las grandes virtudes de estos gigantes, saben cuando están a punto de marcharse al otro barrio y, por algún mecanismo innato todavía desconocido, se despiden, abandonan al grupo y se dirijen a los sus propios cementerios a morir en soledad. Y por último, me gustaría destacar una característica que, por casualidad, descubrí en "La amigdalitis de Tarzán", de Bryce Echenique. En ese libro el autor recoge un poema de DH Lawrence, titulado "Elephants are slow to mate", literalmente traducido como "El elefante se aparea lentamente". Sin duda los humanos (algunos más que otros) deberíamos aprender de estos preciosos animales.
Por todo esto, me pregunto: ¿vale la pena llegar a tener nietos sabiendo que, quizás, vivan en un planeta sin elefantes?
Los elefantes se aparean lentamente, versión de Omar Fabián.
El elefante, la enorme bestia antigua
se aparea lentamente;
encuentra una hembra, sin mostrarse ansiosos
esperan
que la seducción en sus corazones enormes y tímidos
lentamente, gradualmente despierte
mientras pasean sin rumbo por el lecho del río
y bebe de él, y ramonean
y rompen en pánico en el bosque de arbustos
con la manada,
y duermen en silencion masivo, y se levantan
juntos, sin una palabra
Muy lentamente el gran corazón caliente del elefante
se llena e deseo,
y las enormes bestias se aparean en secreto, al final,
ocultando su fuego.
Son las más viejas y sabias de las bestias
así que conocen el final
saben esperar el banquete más solitario
la comida completa.
No arrebatan, no se lastiman;
su sangre se mueve
masivamente como la marea lunar, cerca, muy cerca
hasta que llegan a inundarse.